Raquel solía ser mi amiga, hasta que me cansé de su desconfianza y ella de mi temperamento demandante.
Raquel era una mujer alegre, elegante, delicada, valiente, decidida, hermosa.
Raquel y yo nos conocimos en un curso de verano, coincidimos en ser perfeccionistas, me gustaba de ella la pasión con la que realizaba las más bellas decoraciones de pasteles, lo meticulosa que llegaba a ser en sus apuntes, lo ridículamente concienzuda para las cuentas.
Raquel y yo éramos amigas hasta que mi tener razón y su valemadrismo se encontraron.
Raquel y yo trabajamos en el mismo restaurante por 3 años hasta que un día, después de un lento deterioro mental y emocional al cambiar constantemente de pareja, problemas familiares y financieros; se le borró su sonrisa, las ganas de cocinar, el ánimo de ir a trabajar.
Raquel y yo nos veíamos en el mismo café todos los domingos a la misma hora, hasta que le dejó de interesar todo. Un domingo dejó de ir simplemente.
Raquel y yo solíamos reír por cualquier cosa, hasta que en mi desesperación por hacerla reaccionar empecé a gritarle y reprenderla. Un día simplemente la dejé ir.
Raquel nunca pidió perdón, nunca dió explicaciones, nunca llamó. Mi ego se interpuso entre nosotras, no sería yo quien levantara el teléfono primero.
Raquel simplemente se dejó caer, no hubo poder humano suficiente para que pudiera salir.
Se le fue la vida misma.